Relatos III: Leo.


Me llamo Leo. Tengo 30 años pero la gente me suele echar 24 o 25. Tengo los ojos verdes, algo rasgados; la nariz aguileña y los labios carnosos. Tengo el pelo entre rubio y castaño, mido 1.82m y soy de complexión ancha pero no estoy especialmente fuerte. Tampoco creo que sea especialmente guapo.
Normalmente no me describiría físicamente pero me parece que es necesario para ilustrar lo que voy a contar.
Hoy me han pasado una serie de cosas que me suelen ocurrir casi a diario. De hecho, me pasan con tanta asiduidad que no les doy importancia y ya no son ni si quiera anécdotas que contar. Normalmente, son situaciones de las que me río y de las que paso soberanamente. Pero hoy no. Hoy me han hecho pensar, porque últimamente se debate mucho el tema en las esferas públicas y empiezo a plantearme si no debería yo reaccionar de forma más agresiva cuando se me presenten estas situaciones.
Por la mañana, en la oficina, han entrado en mi despacho Lola, mi jefa, y otra mujer:
-Leo, esta señora es Victoria, trabaja conmigo en la tienda. Victoria, este es Leo, nuestro nuevo fichaje.
-Hola Victoria, encantado.
-Ah, sí, sí, hola Leo, pero ya nos conocemos, ¿no? ¿No fuiste a la tienda a hablar con Lola…?
-Ah, sí, es verdad .
-Hombre, claro, esos ojos verdes no se olvidan.- Lo suelta así, como sin nada.
-…Ah, vaya. – Sonrío, sin saber muy bien qué responder. Había ido tan solo una vez a hablar con Lola a su tienda, hacía dos meses de aquello. Yo no recordaba la cara de esta mujer.
Más tarde, caminando al mediodía hacia casa para el almuerzo, he cruzado por una carretera donde no había paso de cebra. Un coche que venía a lo lejos, despacio, ha frenado para dejarme terminar de cruzar. He dado un brinco y he acelerado los tres últimos pasos que me quedaban para llegar a la acera, haciéndole un gesto con la mano a la conductora en señal de agradecimiento. Mientras cruzaba, la he visto por el rabillo del ojo avanzando lentamente tras de mí y, cuando por fin me ha sobrepasado estando yo ya en la acera, se ha parado en seco, ha bajado la ventanilla y me ha dicho: «¡qué pena que no te pillo!». Y yo me pregunto: ¿piensa de verdad que eso es un piropo? ¿Quizás cree que me va a subir la autoestima? ¿Lo ve gracioso? ¿Se cree buena gente por decirme algo así?
Ni cinco minutos más tarde, pasando por el bar de la esquina dos calles más allá de mi casa, las dos camareras que hacían el turno del mediodía me han visto llegar de lejos y se han colocado la una junto a la otra, una con los brazos cruzados, la otra con las manos en los bolsillos. Al pasar a su lado, he visto de reojo cómo se daban codazos y me hacían un repaso de arriba abajo. Les he visto girar la cabeza siguiendo la dirección de mis pasos. No, no tenían 15 años; pasarían la cuarentena al menos. Paso por delante de ese bar todos los días al menos tres veces al día y no puedo evitar el camino, ¿de verdad tengo que aguantar ese comportamiento porque sí? He notado arderme las mejillas de furia y vergüenza; ardor que ha subido aún más cuando he pasado por delante del taller que está en la paralela a mi calle y las tres mecánicas han parado su trabajo para mirarme pasar. Una de ellas ha gritado un «¡¡¡hala!!!» que ha hecho a un chaval que estaba apoyado en la pared de enfrente levantar la mirada de la pantalla de su móvil. He llegado a casa en camiseta de manga corta, con el brazo cargando bufanda, jersey y abrigo. Estábamos a 9º, pero yo me sentía a 40º.
Pero la cosa no termina aquí. A las nueve de la noche, cuando salía de la facultad, se ha repetido algo parecido. Estaba escuchando un audio de whatsapp cuando he pasado por delante de un grupo de mujeres y sus cabezas han ido moviéndose de arriba abajo inspeccionándome entero. Cinco calles más adelante, en un semáforo, una trabajadora de la limpieza le ha hecho un gesto con la mirada a su compañera cuando me he parado detrás suya; la otra me ha observado descaradamente a pesar de su intento disimulado y se han intercambiado miradas de aprobación. Estupendo. ¿Es que acaso soy una mercancía a aprobar?
Eso sólo ha sido hoy. Cada día me ocurren situaciones parecidas. Antes me lo solía tomar a broma, no le daba importancia, sobre todo porque nunca me he considerado objeto digno de contemplación. Simplemente, no le echaba cuenta. Incluso he llegado a pararme y dar las gracias en alguna ocasión en que me han echado un piropo con arte.
Pero hoy, no. Hoy me ha llamado la atención que una mujer que me vio hace dos meses se acordara del color de mis ojos: para ver los detalles hay que fijarse muy bien. Hoy me he sentido observado y, por primera vez, me he sentido violento caminando por lo que es mi paseo rutinario entre la oficina, mi casa y la facultad; incómodo, sabiendo que aquella que se ha fijado en mis ojos al verme de frente se ha dado la vuelta para mirarme el culo después.
Me pregunto cómo sería si esto le ocurriera a las mujeres. Nunca he escuchado a ninguna de mis amigas quejarse por que alguien le dijera nada por la calle. Me pregunto si esto es simplemente «porque las mujeres son así, impulsivas», o si es parte del matriarcado sexista en el que hemos crecido y no nos damos cuenta.
Ser consciente de que mi sola presencia es motivo de juicio, valoración o excitación me hace sentir tremendamente incómodo. Y no entiendo por qué he de sentirme vulnerable caminando por dos calles más allá de la mía, saliendo de la universidad o en mi propia oficina. ¿Es problema mío, de las mujeres, de la sociedad…? ¿Soy yo el que hace un mundo de nimiedades? ¿O quizás deberíamos ponernos de acuerdo todos los hombres y reaccionar de manera más cortante y agresiva ante situaciones así? Con el pretexto de que somos el sexo fuerte, las mujeres nos han tenido siempre bajo su látigo, haciéndonos sumisos para que no usemos la fuerza contra ellas. En lo que va de año, 45 hombres se han suicidado, víctimas del maltrato matriarcal. ¿Cuándo vamos a parar esto?
Ya basta.


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