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Category: Stories

Relatos VI: Feliz no-cumpleaños / Stories VI: Happy non-birthday

Feliz no-cumpleaños.

Ayer enterramos a mi abuela.
Cuando iba camino a su casa temprano en la mañana, vi en un kiosko un libro de Antonio Machado, lo cogí y lo abrí por una página cualquiera. El poema decía algo así como “hoy te he visto cogerme de la mano y llevarme por la blanca vereda de la esperanza”… Y pensé que no era casualidad haber visto ese libro en ese kiosko en ese momento y encontrar justo ese poema de buenas a primeras. Las casualidades no existen.

Fui la última en despedirme por última vez,  antes de llevarla a la iglesia: “Felicidades, abuela, por toda una vida.” Le susurré al oído. Ayer también era su cumpleaños, el sacerdote tuvo el detalle de mencionarlo en la misa.

Después del funeral, me llevé a mi primo pequeño al Parque de los Príncipes, el parque de mi infancia. Él, mi primo, tiene 4 años. En realidad es el hijo de una prima mía pero no conozco el término para ese parentesco. Me da igual: él no tiene término, él es Andrés.

– ¿Sabes que hoy es un día especial? – le pregunto.
– ¿Por qué? – pienso en los últimos meses, en los últimos días, en la tormenta, en ella, en la calma, en el cementerio y toda la familia allí… le miro a los ojos y me embriaga su sencillez. Qué fácil parece todo de repente, el fin y el principio, todo a la vez. Respondo:
– Porque es mi cumpleaños
– ¿Y cuántos cumples?
– ¡Adivina!
– Hmm… ¡100! – qué maravilla, podría ser cierto, quién sabe cuántas vidas llevo dentro.
– ¿Compramos gusanitos?
– ¡¡Sí!! – su entusiasmo contagia; con una sonrisa completa su frase, como constatando el día – Porque hoy es un día especial.

Sí, lo era. También era el cumpleaños de mi abuela, su bisabuela; y su entierro. Qué poético. ¿Lo he dicho ya?

Compramos gusanitos y llegamos al parque. Andrés miraba el verde de los árboles, el movimiento de los columpios, las fuentes de piedra… Todo le maravillaba. Nos sentamos en un banco al sol a comernos los gusanitos.
– María, ¿por qué los bancos son verdes?
– Pues creo que los han pintado así para que hagan conjunto con el parque. Porque mira, Andrés, ¿de qué color es el césped, y los arbustos, y los árboles?
– ¡Verde! Aaaaaaaaaahhhh…. – abre los ojos entusiasmado – ¡Claro! ¡Para que tengan el mismo color que los árboles! ¡Qué bonito!
– ¿Verdad que sí?
Coge 4 hojas del suelo, y me pregunta:
– María, ¿por qué una hoja es verde, otra amarilla, otra marrón, y otra marrón más oscura?
– Pues creo que es porque se han caído en momentos diferentes y entonces algunas son más viejas que otras.
– Oohh…. entiendo… como ese árbol de ahí que es más pequeñito, ¿verdad? Cuando crezca, también se le caerán hojas marrones – Asiento, sonriendo, ha comprendido perfectamente en un momento con 4 hojas que la vida nace, crece, y se va. Entonces, se acerca a un arbusto- ¡Y mira las flores! ¡Blancas, amarillas, rosa! ¡Mira qué bonitas! – Me trae una, muy pequeñita, y con mucho mucho cuidado la posa en la palma de mi mano y dice:
– ¡Qué delicada es! – ¿De verdad tú tienes 4 años, Andrés? Creo que él también podría tener 100. Se sienta a mi lado de nuevo, cogiendo gusanitos del paquete, ahora dice que es una ardilla y se coloca los gusanitos de colmillos. Vuelven los 4 años como una ola a azotarme de alegría.
– ¿Escuchas los pájaros? – Preguntamos a la vez. Nos reímos.
– Sí, qué bonito, ¿verdad, María? Me gustan. – Sigue comiendo gusanitos, buscando los pájaros con la mirada.
– Vamos a dar un paseo, te voy a enseñar mi árbol favorito.
Llegamos, es un árbol de caucho de raíces gigantes que solía trepar cuando era pequeña.
– ¡Es el árbol más grande del mundo! – exclama, lanzándose hacia él. Entre saltos por las raíces encuentra una mariquita, quiere llevarla a casa y regalársela a mamá.

En el camino de vuelta, le digo que me voy a comer su comida y me contesta que se va a comer mi sol.
-¿Ah, sí? ¿Y a qué sabe el sol?
-¡A pera!
– ¿Ah sí? ¡Qué rico! ¡Voy a probarlo! – Y, justo antes de entrar, nos paramos en mitad de la calle, levantamos la cabeza al sol y lo saboreamos.

Una extraña sensación agridulce de calor con sabor a pera me acompañó el resto del día.

Mi abuela no llegó a los 100, pero casi. Entre su vida y las vidas que nacieron de ella sumamos más de mil años. ¡Habrá que celebrarlos!

Qué poética es nuestra existencia, aunque algunos no lo vean. Hay explosiones de música y colores por todas partes, empezando dentro de nosotros mismos. A partir de ahora, celebraré todos y cada uno de mis no-cumpleaños, porque la vida hay que celebrarla siempre, aunque a veces duela; y oler las flores y regalar mariquitas y preguntar por qué y maravillarse con los colores de las hojas. Empezaré hoy, dando las gracias:
– por existir,
– por la familia,
– por tod@s aquell@s que han decidido quedarse a mi lado por elección propia,
– a tod@s aquell@s que han cuidado de mi abuela especialmente en los últimos meses, incondicionalmente,
–  y a tod@s aquell@s que ayer dedicaron un momento a felicitarme. Porque quizás ellos no lo sabían, pero precisamente ayer me llegó más que nunca saber que me regalaron un poquito de su tiempo.

[Ah, el tiempo…]

Y tú, ¿te has parado ya a saborear el sol?

Stories VI: Happy non-birthday

Happy non-birthday.

Yesterday we buried my grandma. When I was walking to her house soon in the morning, I saw in a kiosk a poem’s book by Antonio Machado, I took it and opened it on just any page. The poem said something like this: “today I saw you taking my hand and taking me through the white path of hope…” And so I thought that it could not be a casualty to have seen that book at that exact moment and to have found that poem just by chance. Casualties don’t exist.

I was the last one to say goodbye for the last time, before taking her to the church: “Congratulations, grandma, for a whole life” , I whispered in her ears. Yesterday it was her birthday too, the priest was nice to mention it during the mass.

After the funeral, I took my younger cousin to the park where I spent my childhood. He, my cousin, is 4 years old. Actually, he is the son of a cousin of mine but I don’t know the term for this relation. I don’t care, he doesn’t need a term, he is Andres.

– Do you know that today is a special day?- I ask him.

-Why? – I think about the last months, the last days, about the storm, about her, about the calmness, about the cemetery and all the family there… I look at him in the eyes and his simplicity filled me with joy. How easy seems everything in a sudden! The end and the beginning, all at once. I answer:

– Because today is my birthday.

– And how old are you now?

– Guess it.

– Hhmm… 100! – what a wonderful reply, it could be true, who knows how many lives I live inside.

– What if we buy some popcorns?

– Yes! – his enthusiasm is contagious. He finishes his sentence with a huge smile, as if confirming the relevance of the event – because today is a special day.

Yes, it was indeed. It was also my grandma’s birthday, her great grandma; and her funeral. So poetic… have I said it yet?

We bought popcorns and arrived to the park. Andres stared at the green colors of the trees, the movement of the swings in the playground, the stone fountains… Everything delighted him. We sat down on a bench under the sun to eat the popcorns.

– Maria, why are the benches green?

– Well, I think they have painted them that way so they fit with the park. Because…look, Andres, what color is the grass, and the bushes, and the trees?

– Green! Aaaaaahhhh!! – he opened his eyes enthusiastically- of course! So they have the same colors of the trees! What a nice idea!

– Nice, isn’t it?

He grabs 4 leaves from the ground and asks me:

– Maria, why is this leaf green, this other one yellow, the other one brown and the other one even brownner?

– Well, I think it’s because they fell in different moments so some of them are older than the others.

-Oohh… I see… like that little tree over there, right? When it grows older, brown leaves will fall from it too – I nod, smiling; he has perfectly understood in a moment and with only 4 leaves that life is born, grows old, and goes away. Then, he approaches a bush: – look these flowers! White, yellow, rose! Look how beautiful they are! – he brings to me one flower, a very small one, and very carefully he places it over my hand palm, saying:

– How delicate she is! – Are you really 4 years old, Andres? I think he could be 100 as well. He sits down by my side again, taking popcorns from the bucket, now he says he is a squirrel and he puts some popcorns as canines. His 4 years of life come back in a sudden wave to lashed me with his joy.

– Do you hear the birds? – we ask at the same time. We laugh.

– Yes, how nice, isn’t it, Maria? I like them. – He keeps eating popcorn, looking for the birds with his glance.

– Let’s go for a walk, I’ll show you my favourite tree.

We reach the place: it’s a gigantic rubber tree that I used to climbed when I was a little girl.

– It’s the biggest tree in the world!!- he exclaims, and he runs towards it. While jumping among its roots, he finds a ladybug and he wants to take it home as a present for his mom.

On our way back, I tell him that I’m gonna eat his food and he replies that he’s going to eat my Sun.

– Oh, and what does it taste like?

– Like pear!

– Really? So yummy! Let me taste it!- And, just before we go inside the house, we stop in the middle of the street with our heads up to the Sun, and we taste it.

A strange bittersweet warm sensation with a pear like taste stood with me the rest of the day.

My grandmother didn’t live 100 years, but almost. With her life and the lives that were born from her we sum more than 1000 years. We should celebrate them!

What a poetic existence that we live, even though many don’t see it that way. There are color and music explosions everywhere, starting inside ourselves. From now on, I’m going to celebrate every single one of my non-birthdays because we must celebrate life always, even though sometimes it hurts; and we must smell the flowers and give ladybugs as gifts and ask why and be delighted with the colors of the leaves. I’m going to start today, being grateful:

– for existing,

– for family,

– for all those who have decided to stay by my side by choice,

– to those who have taken care of my grandmother, specially during the last months, unconditionally,

– and to all those who took a moment yesterday to wish me a happy birthday, because maybe they didn’t know but precisely yesterday it moved me more than ever to know that they gave me a little bit of their time.

[Oh, time…]

And you, have you stopped to taste the Sun yet?

Relatos IV: Anoche tuve una pesadilla.

Anoche tuve una pesadilla.

Exactamente la misma de la noche anterior.

Y de la anterior.

Pero anoche fue diferente:

anoche terminé riéndome de mi pesadilla.

Soy como una sombra consciente de mí misma que no llego a ser del todo yo, como en aquellos quirófanos donde los sometidos a cirugía flotan como fantasmas sobre las cabezas arremolinadas a su alrededor. Estoy en una sala oscura, tan oscura como un universo sin estrellas. Pero no tengo miedo, siento una extraña sensación reconfortante como si un terciopelo negro me abrazara por completo, siento su caricia suave rozándome la piel.

De repente, aparecen.

El terciopelo que me envolvía se desenrolla como una hoja de papel, se aleja flotando y allá al fondo veo un grupo de personas formando círculo.

También me veo a mí misma.

Soy una figura aparte y estoy muy alejada de ellos, dándoles la espalda.

Me doy la vuelta y me dirijo a ellos: quiero integrarme.

Se escucha el eco de mis pasos…

los alcanzo.

Me hago un hueco entre dos figuras, empujándoles a los lados. Intento mirarles las caras: algunas son figuras alargadas, con cabezas ovaladas, parecen alienígenas; otras son bajitas y rechonchas; otras tienen varias extremidades; veo un hombre con trompa de elefante y un ojo tres veces más grande que otro; veo otro hombre con un sombrero muy extraño, como de tela raída de colores muy chillones; una mujer tiene un bigote francés enorme y fuma pipa, su nariz y su bigote parecen una máscara de broma.

Los colores se entremezclan en el ambiente…

rojo,

amarillo,

naranja

….sobre el intenso negro del fondo. Flota en medio del círculo una translúcida serpentina amarilla y veo luces blancas que caen como copos de nieve y algodón.

De repente, una voz joven rompe el silencio abrumador lanzando una pregunta que me hace estremecer el corazón: “¿por qué estás aquí?

-Esto parece una reunión de alcohólicos anónimos. Siento vergüenza.-

Sin pensarlo, me escucho a mí misma decir: “porque me siento diferente”.

La voz, divertida, pregunta entonces: “¿quién de aquí se siente diferente?” Y rápidamente veo alzarse manos por doquier, una tras otra, como en una oleada; y escucho sus voces, todas a la vez y una tras otra, gritando:

”yo,
yo,

yo,

y yo,

¡y yo!”

Y entonces, pienso: “menuda gilipollez”. Y me río, me río mucho: yo soy la única que no está deforme aquí.

Relatos II: Caperucita Roja

De un suburbio pobre de Sevilla, Natalia tiene 16 años y nunca le han contado un cuento. Su padre estaba más preocupado en gastarse el alcohol de la despensa y su madre, en huir de él. Siguiendo su ejemplo, Natalia cumple 2 años de sentencia en un centro para menores infractores.
Nunca en mi vida he visto unos ojos brillar tanto al escuchar Caperucita Roja:

Estábamos sentadas en el sofá de la sala que hace las veces de comedor y lugar de recreo. Las chicas acababan de comer y hacían tiempo esperando irse a sus dormitorios hasta que comenzaran las actividades de la tarde. Normalmente les dejaban ver un rato la televisión, pero ese día una de ellas se había puesto farruquita y todas pagaban el pato, así que ahí estábamos, niñas y monitoras, mirándonos las caras las unas a las otras, los segundos pasaban como eternidades… Rebeca, la menor de todas, me había pedido que la peinara, y yo con gusto acepté a explorar mis habilidades estilísticas. Entonces Natalia, que miraba fijamente cómo pasaban mis dedos a través de la potencial trenza de boxeadora, rompió el silencio dirigiéndose a mí:

– Candela, cuéntame argo.
– ¿Algo como qué?
– No sé, una historia.
– Una historia…. ¿de qué?
– No sé, un cuento, venga cuéntame un cuento.
-¿Un cuento? ¿En serio? – no me podía creer que una niña de 16 años me estuviera pidiendo que le contara un cuento.
– Que sí, en serio, es que estoy aburría. Venga, cuéntame un cuento,
– ¿Conoces el cuento de Caperucita Roja?
– No.
– ¿Cómo? ¿de verdad? – Puro cachondeo que se tiene que estar trayendo conmigo…
– Sí, de verdá, no lo conozco, venga ya, cuéntamelo
– No me puedo cr… – No, sus ojos no mienten, nunca le han contado el cuento de Caperucita Roja– vale, venga, Allá va. Érase una vez una niña pequeña, de unos 7 u 8 años, que vivía con su madre en una casita de un pueblo pequeño por ahí apartado de la mano de Dios, entre las montañas.
Tó lejo’.
– Eso es, mu lejo’ de to’, por allí no había na de na, na más que bosque.
– Y montaña’.
– Y montañas. Bueno pues a esa niña le llamaban Caperucita porque siempre llevaba una caperuza roja. ¿Sabes qué es una caperuza?
– Sí, un de eso con capucha, ¿no?
– Claro, como una capa de abrigo con capucha, eso es.
– Vale vale, ¿y qué le pasó?
– Pues resulta que la niña tenía una abuelita que vivía en otro pueblo, pero la abuela estaba muy mayor y necesitaba ayuda. Entonces la madre un día le preparó una cesta con comida y le dijo a Caperucita que se la llevara a la abuela. Ya ves tú, una niña tan pequeña…
– ¿Ella sola por ahí?
– Pues sí pero, ¿sabes qué pasa? Que como era un pueblo tan pequeño…
To’r mundo se conocía, ¿no?
Aaaaro, entonces no había peligro. El problema era que la abuela vivía muy lejos…
– Vaya tela con la abuela. Pero bueno si estaba malita no la iba a dejá tirá.
– Total, que la madre le pide que le lleve la comida, y allá va Caperucita por el bosque super feliz ella. Claro, una niña pequeña, ¿qué va a hacer? Pues ella por el bosque cantando, lalalala… y parándose a oler las flores y “¡ay mira qué animalito más bonito!”
mona la niña. – se ríe, con una carcajada tan tierna que me estremezco.
– A todo esto que un lobo va pasando por allí y la ve, y piensa: “uy, una niña tan chica por aquí…” Y claro, el lobo pensó: “esta es la mía”. Entonces se acercó a Caperucita. Ah, pero escucha, que es que antes la madre le había dicho a Caperucita que no hablara con nadie, que fuera directa a la casa de la abuela sin hablar con extraños.
Aro aro, normá, si era tó shica.
– Pero claro a ver, es una niña, ¿tú te crees que un niño pequeño se le acerca alguien a hablarle y no le va a hablar? Pues claro que sí.
– Anda – Natalia se lleva las manos a la cabeza – ¡y ahora va y le habla al lobo!
– Exactamente, el lobo se le acerca y le dice: “oye niña, ¿tú qué haces por aquí solita?” Y Caperucita le dijo: “pues voy a llevarle comida a mi abuela”, y el lobo le preguntó: “¿y dónde vive tu abuela?” Y Caperucita le dijo que vivía en el pueblo al otro lado del bosque. Vamos, tan inocente era que le dijo hasta la casa donde vivía. Entonces el lobo, que era mu listo, le dijo que él sabía un atajo para llegar allí y le indicó que fuera por un camino. La niña le creyó y por allá que se fue. Pero era mentira.
– Anda, ¡qué diseh!
– Sí, sí, era mentira, en realidad le indicó un camino que era mucho más largo y él se fue por el atajo. Cuando llegó a la casa de la abuela, se la comió de un trago y se metió en la cama con la idea de hacerse pasar por la abuela.
– ¡Qué diseh! To loco er lobo.
– Pffff ya ves. Total que la niña sin sospechar nada, tan tranquila ella oliendo las flores del campo… En fin, que llega a casa de la abuela y llama al timbre:

-¿Quién eeees….? – “Uuuuy”… – piensa Caperucita – “qué voz más rara tiene mi abuelita… sí que está mala, sí, está cogidísima”.
-Abuelita, soy yo.
-Pasa hija, pasa, estoy en la cama- “Uuufff pero mal que está eh, vaya voz más ronca que tiene”.- Total que entra Caperucita, va a la cocina, deja la cestita que pesaba una jartá con tanto tarro mermelada y va al cuarto. Y cuando se acerca, le ve unos ojos enormes, rojos, hinchados…
– Uy abuelita por dió, qué mala cara tienes, tienes los ojos rojos, te los veo hinchados, qué grandes son…
– Son para verte mejor, cariño…
– Uy abuela por dios pero qué orejas más grandes tienes…
– Son para oírte mejor…
– No te estarás quedando sorda, ¿¡ no, ABUELA!? Oye pero y esa nariz… uy abuelita, sí que tienes que tener mocos, ¡qué nariz tan grande!
– Es para olerte mejor…
– Uy abuela, cómo te huele el aliento con esa boca tan grande…
– ¡Es para comerte mejor!

En esto que me abalanzo sobre Natalia quien, completamente absorta en la historia, se asusta y da un respingo gritando: “¡Ay Candela, por dio, que me asuhtah!” No tengo más remedio que reírme y ella, aún con la mano en el corazón, me pregunta:
– Pero bueno y qué pasa, ¿que se come a la niña?
– Digo, de un bocao. Pero claro, resulta que un cazador que acababa de llegar a casa y que vivía cerca había oído los gritos de la niña y había ido corriendo hacia allí. Fíjate, casualidades de la vida. Y cuando vio al lobo allí le plantó un tiro en la cabeza y le rajó de arriba abajo, y salieron Caperucita y su abuela de la barriga del lobo, ahí to llenas de sangre y tripas… uuggg qué asco más grande.
Ya ve’, ya ve’, y el lobo ahí to reventao, ¿no?
Aaaaro, reventaísimo.
– Ya ve…¡ja! ira el lobo…. ¡a tomá por culo el lobo!
– Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

– ¡Ay! ¿Ya? ¡Noooooo…! Cuéntame otro…
– ¿Otro?
– Venga, porfi…

Microrrelatos III: El dragón del caos / Short stories III: The Dragon of chaos

Al fin y al cabo, no somos más que niños intentando controlar ese caballero armado que nos defenderá ante el dragón de nuestros miedos.

Vamos por la vida como si no pasara nada, como si solo tuviéramos que andar para que nuestros pasos nos lleven hacia delante sin más. Como si todo esto no significara nada, como si la vida fuera tan solo una fugaz existencia entre el cielo y la tierra, un rayo instantáneo en una tormenta de verano, una tormenta de arena africana en plena primavera europea… Y qué más da, ¿no? Solo hay que caminar.


Se equivocan. ¿Cómo carajo vamos a caminar si nuestro tobillo está doblado, nuestra cadera desequilibrada y nuestra vista nublada? ¿Qué camino es el que pisamos cuando estamos volando sobre el abismo y un mar revuelto se agita bajo nuestro paso? ¿No es contradictorio pensar que tan solo hay que andar, cuando hay que poner en marcha toda una maquinaria de músculos e intenciones para que el paso llegue a suelo sin tambalearse y resbalar? 

Yo me he enfrentado a mi miedo. Me he visto completamente paralizada ante él, atemorizada, sin aliento, con el corazón en un puño y lágrimas de pura angustia recorriendo en tropel mis mejillas. Me he visto sola, muy sola, ante una puerta enorme, tan alta que se perdía en el infinito, abierta a una oscuridad tan profunda que no se oía absolutamente nada más que vacío saliendo de ella, absorbiendo toda energía como un agujero negro. Me he visto ahí plantada, totalmente incapaz de moverme. Llorando. He llorado mucho, como una niña pequeña sin consuelo, sin abrazos, sin porqués. Percibiendo al dragón al otro lado… 

Y he cerrado los ojos, he hecho acopio de todo mi valor y he dado un paso adelante. He atravesado la puerta y me he visto en una sala oscura, tan infinita como el vacío. Llevaba una espada en la mano, más grande que mi cuerpo de niña de 6 años, más grande, 100 veces más, que el lazo rojo de mi cabeza. He buscado al dragón, aunque no ha hecho falta dar muchas vueltas, él solito ha aparecido ante mí, riéndose de mi diminuta e insignificante existencia, y de mi espada de ilusiones de colores que se derretía ante su sola presencia… Y entonces he tirado mi espada al suelo. Le he gritado “¡¡¡no te temo!!!” y he corrido llorando hacia él, abrazándome a una de sus patas con tanta ternura como solo los niños pueden demostrar en momentos tan misteriosamente magníficos y perturbadores como este… Y el dragón ha bajado su cuello, dejándome trepar por él. Y hemos volado por el infinito, tornándose la sala oscura en una vasta llanura llena de flores silvestres, aire puro, fresco aroma de flores recién nacidas; oía el cantar de los pájaros y el zumbido de las abejas, rumor de agua corriendo cerca, sintiendo la lluvia en mi cara y el rayo de sol calentándome la espalda…

Para descubrir que todo pasaba dentro de mí.  

Solo cuando nos enfrentamos al dragón y comprendemos que nuestro miedo no es más que un caballero intentando protegernos y abrazamos nuestras bestias internas como parte de aquello que nos hace crecer… Solo entonces podemos volar sobre la bestia alada, agarrando las riendas de nuestra vida, con el mundo a nuestros pies… 

¿Lo intentamos?

Al fin y al cabo, todo eso no son más que marionetas en las manos de nuestras almas de niños. Almas que, quizás, crecieron demasiado pronto. O se negaron a hacerlo, ¿quién sabe por qué?

*Puedes encontrar la ilustración original que acompaña este relato haciendo clic aquí

Short stories III: The Dragon of chaos

In the end, we are nothing more than kids trying to control that armed knight who will protect us against the dragon of our fears.

We go through life like nothing happened, like if we only needed to walk so our steps could take us ahead without further ado. Like if all this didn’t mean anything, like if life was just a fleeting existence between the sky and the earth, a momentary lightning in a summer storm, an African sand storm in the height of the European Spring… And what does it matter, right? We just need to walk.

They are wrong. How the hell are we going to walk if our ankle is twisted, our hip unbalanced, and our sight blurred? Which path is that we walk on when we are flying over the abyss and a rough sea shakes under our steps? Isn’t it conflicting to think that we only have to walk, when we need to turn on a whole machinery of muscles and intentions for our step to arrive to land without staggering and slipping?  

I faced my fear. I saw myself completely paralyzed in front of him, terrified, breathless, with my heart hunched over, and tears of pure anxiety running in droves down my cheeks. I saw myself lonely, very lonely, in front of a huge door, so tall that it got lost into the infinity, open to such a deep darkness that I could hear nothing but emptiness coming out of it, absorbing all energy like a black hole. I saw myself standing up there, totally unable to move. Crying. I’ve cried very much, like a little girl without comfort, or hugs, or reasons. Being aware of the dragon at the other side…
And I’ve closed my eyes, I’ve plucked up all my courage and I’ve stepped forward. I’ve gone through the door and I saw myself in a dark room, so infinite as the emptiness. I was holding a sword in my hand bigger than my 6 year-old-like-body, bigger 100 times than the red bow on my head. I’ve searched for the dragon, although it wasn’t necessary to search for very long, he himself has ran into me, laughing at my tiny and insignificant existence, and at my sword of colorful hopes that melted with its only presence… And then, I’ve thrown my sword to the ground. I’ve shouted: “I don’t fear you!!!” and I’ve ran, crying, towards him, hugging one of his legs with such tenderness as only children can show in so mysteriously magnificent and disturbing moments as this… And the dragon has taken down his neck for me to climb. And we have flown through the infinity, the room turning into a vast field filled with wild flowers, fresh air, fresh scent of newborn flowers; I heard the birds singing and the bees buzzing, murmur of water running near by; I felt the rain on my face and the sunlight warming up my back…

To discover that all that was happening inside me.

Only when we face the dragon and we understand that our fear is nothing else than a knight trying to protect us, and we embrace our inner beasts as part of that which makes us grow.. Only then we can fly upon the winged beast, holding the reins of our life, with the world at our feet…

Shall we try?

In the end, all that is nothing else than puppets in the hands of our child-like souls. Souls that perhaps grew up too soon. Or they refused to, who knows why?

*You may find the original illustration that goes with this story by clicking here

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