Al fin y al cabo, no somos más que niños intentando controlar ese caballero armado que nos defenderá ante el dragón de nuestros miedos.

Vamos por la vida como si no pasara nada, como si solo tuviéramos que andar para que nuestros pasos nos lleven hacia delante sin más. Como si todo esto no significara nada, como si la vida fuera tan solo una fugaz existencia entre el cielo y la tierra, un rayo instantáneo en una tormenta de verano, una tormenta de arena africana en plena primavera europea… Y qué más da, ¿no? Solo hay que caminar.


Se equivocan. ¿Cómo carajo vamos a caminar si nuestro tobillo está doblado, nuestra cadera desequilibrada y nuestra vista nublada? ¿Qué camino es el que pisamos cuando estamos volando sobre el abismo y un mar revuelto se agita bajo nuestro paso? ¿No es contradictorio pensar que tan solo hay que andar, cuando hay que poner en marcha toda una maquinaria de músculos e intenciones para que el paso llegue a suelo sin tambalearse y resbalar? 

Yo me he enfrentado a mi miedo. Me he visto completamente paralizada ante él, atemorizada, sin aliento, con el corazón en un puño y lágrimas de pura angustia recorriendo en tropel mis mejillas. Me he visto sola, muy sola, ante una puerta enorme, tan alta que se perdía en el infinito, abierta a una oscuridad tan profunda que no se oía absolutamente nada más que vacío saliendo de ella, absorbiendo toda energía como un agujero negro. Me he visto ahí plantada, totalmente incapaz de moverme. Llorando. He llorado mucho, como una niña pequeña sin consuelo, sin abrazos, sin porqués. Percibiendo al dragón al otro lado… 

Y he cerrado los ojos, he hecho acopio de todo mi valor y he dado un paso adelante. He atravesado la puerta y me he visto en una sala oscura, tan infinita como el vacío. Llevaba una espada en la mano, más grande que mi cuerpo de niña de 6 años, más grande, 100 veces más, que el lazo rojo de mi cabeza. He buscado al dragón, aunque no ha hecho falta dar muchas vueltas, él solito ha aparecido ante mí, riéndose de mi diminuta e insignificante existencia, y de mi espada de ilusiones de colores que se derretía ante su sola presencia… Y entonces he tirado mi espada al suelo. Le he gritado “¡¡¡no te temo!!!” y he corrido llorando hacia él, abrazándome a una de sus patas con tanta ternura como solo los niños pueden demostrar en momentos tan misteriosamente magníficos y perturbadores como este… Y el dragón ha bajado su cuello, dejándome trepar por él. Y hemos volado por el infinito, tornándose la sala oscura en una vasta llanura llena de flores silvestres, aire puro, fresco aroma de flores recién nacidas; oía el cantar de los pájaros y el zumbido de las abejas, rumor de agua corriendo cerca, sintiendo la lluvia en mi cara y el rayo de sol calentándome la espalda…

Para descubrir que todo pasaba dentro de mí.  

Solo cuando nos enfrentamos al dragón y comprendemos que nuestro miedo no es más que un caballero intentando protegernos y abrazamos nuestras bestias internas como parte de aquello que nos hace crecer… Solo entonces podemos volar sobre la bestia alada, agarrando las riendas de nuestra vida, con el mundo a nuestros pies… 

¿Lo intentamos?

Al fin y al cabo, todo eso no son más que marionetas en las manos de nuestras almas de niños. Almas que, quizás, crecieron demasiado pronto. O se negaron a hacerlo, ¿quién sabe por qué?

*Puedes encontrar la ilustración original que acompaña este relato haciendo clic aquí

Short stories III: The Dragon of chaos

In the end, we are nothing more than kids trying to control that armed knight who will protect us against the dragon of our fears.

We go through life like nothing happened, like if we only needed to walk so our steps could take us ahead without further ado. Like if all this didn’t mean anything, like if life was just a fleeting existence between the sky and the earth, a momentary lightning in a summer storm, an African sand storm in the height of the European Spring… And what does it matter, right? We just need to walk.

They are wrong. How the hell are we going to walk if our ankle is twisted, our hip unbalanced, and our sight blurred? Which path is that we walk on when we are flying over the abyss and a rough sea shakes under our steps? Isn’t it conflicting to think that we only have to walk, when we need to turn on a whole machinery of muscles and intentions for our step to arrive to land without staggering and slipping?  

I faced my fear. I saw myself completely paralyzed in front of him, terrified, breathless, with my heart hunched over, and tears of pure anxiety running in droves down my cheeks. I saw myself lonely, very lonely, in front of a huge door, so tall that it got lost into the infinity, open to such a deep darkness that I could hear nothing but emptiness coming out of it, absorbing all energy like a black hole. I saw myself standing up there, totally unable to move. Crying. I’ve cried very much, like a little girl without comfort, or hugs, or reasons. Being aware of the dragon at the other side…
And I’ve closed my eyes, I’ve plucked up all my courage and I’ve stepped forward. I’ve gone through the door and I saw myself in a dark room, so infinite as the emptiness. I was holding a sword in my hand bigger than my 6 year-old-like-body, bigger 100 times than the red bow on my head. I’ve searched for the dragon, although it wasn’t necessary to search for very long, he himself has ran into me, laughing at my tiny and insignificant existence, and at my sword of colorful hopes that melted with its only presence… And then, I’ve thrown my sword to the ground. I’ve shouted: “I don’t fear you!!!” and I’ve ran, crying, towards him, hugging one of his legs with such tenderness as only children can show in so mysteriously magnificent and disturbing moments as this… And the dragon has taken down his neck for me to climb. And we have flown through the infinity, the room turning into a vast field filled with wild flowers, fresh air, fresh scent of newborn flowers; I heard the birds singing and the bees buzzing, murmur of water running near by; I felt the rain on my face and the sunlight warming up my back…

To discover that all that was happening inside me.

Only when we face the dragon and we understand that our fear is nothing else than a knight trying to protect us, and we embrace our inner beasts as part of that which makes us grow.. Only then we can fly upon the winged beast, holding the reins of our life, with the world at our feet…

Shall we try?

In the end, all that is nothing else than puppets in the hands of our child-like souls. Souls that perhaps grew up too soon. Or they refused to, who knows why?

*You may find the original illustration that goes with this story by clicking here