La verdad es que la confusión en los temas del amor y el compromiso está siempre presente entre los jóvenes, ¿no crees? ¿Pero tan confundidos estamos los jóvenes de hoy?

Vivimos en una sociedad que vive confusa siempre por su idealización del amor romántico y por basar su vivencia en el sentimiento. Muchos dicen que hemos cambiado el compromiso por el momento, la estabilidad por el placer … algunos ilusos aún pensamos que es posible y luego nos estampamos contra un muro cuando nos vemos inmersos en el compromiso cuyo sentimiento ha pasado de la idea originaria del amor que teníamos a la rutina. Y pensamos, ¿merece la pena? ¿merece la pena seguir gastando energía cuando ya no sentimos la misma pasión? ¿O quizás solo debemos tener más paciencia y poner de nuestra parte para que esa chispa vuelva a surgir? Al fin y al cabo, la chispa siempre muere si no hay un hilo empapado de gasolina que la dirija hacia una explosión. Y después de la explosión, ¿qué?

¿Es real el amor comprometido de esas parejas que permanecen aunque estén cansados el uno del otro? ¿O es eso solamente “compromiso”? El compromiso y el sentimiento de culpabilidad son armas muy poderosas de control sobre nuestra mente y nuestras acciones. En numerosas ocasiones dejamos de actuar porque nos cohíbe la culpa de algo que aún no hemos hecho o de algo que creemos que estaría mal si hiciéramos aunque sería lo que nos liberaría del yugo emocional que cargamos y al que nos sometemos. 

Es muy fácil hablar del amor “moderno” y juvenil sin ataduras, sin compromiso, que nos recoge dentro de un saco a un número importante de generaciones como si fuéramos individuos egoístas demasiado centrados en sí mismos y su placer. Hay quien piensa que hoy el amor se basa en el “yo” en vez del “nosotros”, que lo fundamentamos sobre la atracción sexual y que valoramos más el sentimiento momentáneo y circunstancial que la entrega y lo esencial. Creo que es algo mucho más complicado que eso. Creo que ese saco bien está dispuesto a comprometerse si encuentran a la persona adecuada con quien hacerlo. Y esta declaración no es tan simple como parece, ni encierra una falta de madurez o de experiencia, no es egoísta ni busca su placer como único fin. Simplemente, le dedica más tiempo. ¿Qué quiero decir? Todos sabemos que la química termina desapareciendo y que el amor de verdad es lo que prevalece cuando esa atracción inicial se diluye; y no vamos a engañar a nadie, todos preferimos un “nosotros” compuesto de “yoes” seguros antes que un “yo” vacío y en soledad. Pero resulta que los jóvenes sabemos que “el amor de verdad” es duro de mantener y que si ese “nosotros” resulta irreal y tóxico, preferimos un “yo” pleno y solo (que no en soledad).

Mis abuelos, tus abuelos y probablemente los abuelos del vecino, sus padres y sus abuelos, se conocieron, se gustaron, quizás se enamoraron intensamente y al año se casaron y, como fruto de ese matrimonio, empezaron a tener hijos.  Es raro encontrar en España abuelos divorciados, pero es cada vez más común entre las generaciones descendientes. ¿Por qué? Me gustaría creer todo aquello que dicen los mayores del compromiso, la lealtad, la fortaleza, la generosidad… En concreto hay una frase que siempre me ha gustado especialmente “antes, cuando las cosas se rompían, las reparábamos; ahora, las tiramos y compramos otra nueva”. Quizás sea cierto que no deberíamos apresurarnos a comprar la alternativa a la primera de cambio, y que deberíamos intentar repararlo bien antes de desecharlo. Pero cuando resulta que le has ido descubriendo desperfectos desde poco después de comprarlo y que te estás desgastando tú mismo por intentar pulirlos, pensando que “quizás así vaya mejor” o esperando que el producto llegue a su máximo potencial porque aún no lo conoces por entero…. Y al final eres tú quien necesita ser reparado, ¿de verdad merece la pena?

Mis abuelos, y probablemente los tuyos, tenían una concubina que los acompañaba siempre en sus citas. Se veían una vez al mes, con suerte una vez a la semana, como mucho se cogían de la mano e intercambiaban besos a escondidas cuando los atentos ojos de la concubina se distraían. Ellos, como los jóvenes de hoy, también estarían deseando escapar y esconderse para dar rienda suelta a sus pasiones, pero la única manera que tenían de hacerlo era casarse. Y es así como se enamoraban perdidamente, y se casaban. Y no tenían muchos más novios ni novias, ni probaban ni buscaban, porque era lo normal. En seguida empezaban a tener hijos; y formaban pronto sus familias. También sufrían crisis, claro que sí, ser padres no es fácil y menos si resulta que en ese tiempo has ido descubriendo facetas de la mujer o del hombre con el que te casaste que no te gustan demasiado. Pero ah, ya tenéis hijos juntos y no está bien visto divorciarse. Esto hay que superarlo, o será la ruina de la familia. El hombre perderá su honor y la mujer se verá desamparada ante la sociedad.

Mis padres, y probablemente los tuyos, no tenían concubina; pero tampoco lo tuvieron fácil para tener momentos íntimos. Su noviazgo tampoco fue largo, y probablemente pensaran que el matrimonio era la única manera apropiada de vivir juntos y darle rienda suelta a su amor sin que la generación de sus padres los tachara de libertinos. Y así, enamorados perdidamente, se casaban y tenían hijos; sin tener muchas más novias o novios. Luego, las crisis, de nuevo, porque si hay algo común a todas las relaciones son las crisis. Y de repente, se empieza a aceptar el divorcio, se empieza a ver que puede haber otras salidas, que uno no tiene por qué aguantar en una situación que le carcome, que uno puede estar felizmente separado. Aunque lluevan críticas y juicios. Unos superan las crisis, y siguen unidos aprendiendo de sí mismos y del amor; otros deciden separarse, terminan divorciándose y habrán de superar las crisis propias del divorcio y también aprenderán de ello; y otros no superan ninguna crisis pero deciden igualmente seguir juntos, sea el motivo que sea.

Y ahora, que muchas generaciones jóvenes hacemos exactamente lo mismo y que nos enamoramos perdidamente y nos lanzamos a una relación igualmente pero sin papeles de por medio, se nos tacha de cómodos, egoístas, derrochadores, se nos atribuye la idea de que equiparamos el amor con el consumismo capitalista y se nos encuadra en un marco de individualismo anárquico.

¿Cuál es la diferencia entre nuestros abuelos, nuestros padres y nosotros?

Ahora el número mayor de parejas que tenemos equivale muchas veces al número de amantes que se tenían antes. Venga, todos conocemos historias de Fulanito de Cual y de Pepa Pascual. Ahora uno puede encontrar el amor con 37 y casarse con 40 y tener hijos con 42. Y no es ningún drama. Ahora uno puede encontrar el amor en una aplicación o en un chat, y no es ninguna tontería. Ahora tenemos los hijos más tarde, no solo por la inclusión de la mujer en el mundo laboral o porque sea difícil económicamente (que siempre lo ha sido), sino también porque esperamos más tiempo antes de dar el salto porque no queremos hacerlo con una persona que no nos hace bien. Y es por eso que estamos 1 año con una persona y si no nos convence, buscamos a otra. Y es por eso que estamos 6 años con una persona y, si algo no cuadra, buscamos a otra. Y es por eso que las parejas que llevan 10 años juntas, rompen. Los jóvenes de hoy no es que tengamos miedo al compromiso, es que entendemos que no nos hace falta un papel para comprometernos; porque los papeles se rompen y la lluvia los moja. Entendemos que no hace falta escondernos para demostrar nuestro amor; y entendemos que la estabilidad de una pareja depende en gran medida de la estabilidad personal de cada uno; y que no solo habrá que centrarse en la pareja y trabajar juntos para que funcione, sino que debemos centrarnos en nuestro bienestar personal para poder estar plenamente con nosotros mismos y así, también, con nuestra pareja. Hoy no necesitamos un papel que nos autorice la convivencia y de hecho muchos preferimos convivir antes de dar el salto a formar una familia, porque necesitamos saber si será un buen padre/madre y la convivencia brinda momentos únicos que de otra manera no experimentaríamos.  No necesitamos tampoco seguir ligados a alguien que nos hace infelices porque Fulano de enfrente me vaya a mirar mal si lo dejamos. No necesitamos un papel para comprometernos, y tampoco necesitamos aguantar porque sí. 

Por supuesto, lo arriba expuesto son grandes generalizaciones, ¡pero son tan reales! Seguro que te han ido viniendo a la cabeza nombres mientras leías…

Cuando se tiene hijos es más complicado, porque si somos buenos padres debemos velar por el adecuado desarrollo personal de los niños y está claro que el óptimo desarrollo se lleva a cabo dentro de una familia donde hay amor. Ahí te quería yo ver. ¿Qué ocurre hoy en día cuando son los niños quienes pagan el pato de las (¿erróneas?) decisiones de sus padres? Repito: “en una familia donde hay amor”, que no es lo mismo que “un matrimonio que sigue junto”, porque puede estar junto únicamente de cara al público pero de puertas para adentro estar hecho trizas y ser incapaces de reconocer sus faltas; y eso conlleva todo un bucle que genera inseguridad y falta de expresividad emocional, no solo en la pareja adulta sino también en los niños; lo que les llevará a no desarrollarse plenamente. Estar juntos no significa necesariamente estar unidos. Qué dilema. ¿Y si resulta que los padres han llegado a un punto en que para ser personas plenas necesitan separarse y tomar caminos diferentes? Si con ello consiguen ser, efectivamente, personas plenas, ¿no será acaso positivo para los hijos? 

Muchas veces creemos que los niños necesitan ver a sus padres juntos. Creo, sin embargo, que lo que los niños necesitan es ver a sus padres felices, juntos o no. Porque en la medida en que un padre o una madre se muestra feliz ante sus hijos, este inconscientemente está recibiendo el mensaje de que existe una seguridad difícil de explicar que te mantiene en la vida siendo tú, y que es posible seguir adelante y disfrutar de la vida aunque todo parezca caótico e incomprensible. Porque eso es lo que transmitimos los adultos a los niños, aunque no queramos. Constantemente, los niños reciben seguridad e inseguridad de nuestra parte según vean en nosotros actitudes de confianza o de drama. Y si un niño vive constantemente un drama en casa con unos padres que siguen juntos pero no unidos, ese niño crecerá con traumas. Y si un niño vive constantemente la confianza con unos padres que viven separados pero que se preocupan por el otro y que establecen relaciones positivas, ese niño crecerá seguro, y entenderá que la vida a veces no es lo que otros sueñan. ¿Qué es lo ideal? ¿Que los hijos crezcan con una pareja adulta que se ama, se respeta y le transmite ese amor y respeto a sus hijos? Por supuesto. Pero la vida no es ideal, resulta que es bastante realista; y lo ideal entonces supone enseñar a los hijos la realidad de la vida. ¿No?

Los jóvenes de ahora no somos muy diferentes a nuestros abuelos cuando eran jóvenes, ni a nuestros padres. Los jóvenes de ahora no es que tengamos miedo al compromiso, es que hemos visto en nuestras generaciones ascendentes que quizás sea más adecuado no precipitarse, sino conocerse. Los jóvenes de ahora no es que lo simplifiquemos todo y tiremos lo que ya no nos vale, es que quizás lo pensamos mucho y nos confundimos con los mensajes que nos llegan de quienes deberían haber sido nuestros ejemplos.

Los jóvenes de hoy no somos tan diferentes a nuestros abuelos cuando eran jóvenes, y los jóvenes que vendrán tampoco serán muy distintos. La sociedad cambia, la cultura evoluciona, las tradiciones se modifican, las leyes se reescriben… Si el único constante en la vida es el cambio, ¿por qué no aceptamos que el cambio existe también en la relación amorosa y el compromiso? Y no solo me refiero al cambio de pareja, sino a la relación en sí misma que necesita cambiar y evolucionar para seguir viva.

Quizás sería bueno aceptar la confusión como parte del proceso, necesaria para el resurgir de un yo pleno y, por ende, de un nosotros más seguro.