¿Conoces la historia de los monos y los plátanos? Dice así:

En el año de no sé qué década, unos científicos encerraron a 5 monos en una jaula y, en medio de ella, colocaron una escalera con una ristra de plátanos colgando del techo. En un primer momento, todos los simios se abalanzaron sobre la escalera para intentar alcanzar la comida, pero se llevaron un buen susto cuando fueron propulsados hacia atrás por un fuerte chorro de agua. Cada vez que alguno lo intentaba, los científicos le hacían caer a base de chorros a propulsión, con lo cual los monos aprendieron la lección: los plátanos eran inalcanzables; y dejaron de intentarlo.

Entonces, los científicos sustituyeron a uno de los macacos por otro diferente, nuevo, completamente ajeno a la situación. ¿Qué ocurrió? Ya puedes imaginar al mono creyendo ser el más ingenioso: plátanos a unos saltos de la escalera, 2 congéneres quitándose los piojos el uno al otro, un mono durmiendo y el otro rascándose el trasero, ¿de verdad a ninguno le importaba aquel manjar? Pues raudo él se abalanzó sobre la escalera, la boca agua, la excitación corriendo por sus venas… Para recibir golpes, gruñidos, arañazos y empujones de sus semejantes en cuanto le vieron precipitarse tan decidido. Obviamente, sabían lo que le ocurriría: un dios enfurecido descargaría su rabia contra él; si no quería morir ahogado, más le valdría estarse quietecito y alabar los plátanos de lejos. El nuevo mono aprendió la lección y no lo volvió a intentar.

Al poco tiempo, los científicos volvieron a sustituir a otro de ellos y volvió a repetirse la escena; este también aprendió. Y así, poco a poco, fueron sustituyendo a todos los macacos de manera que ya no quedó ninguno de aquellos primeros que recibieron el chorro de agua propulsada. Los científicos siguieron sustituyendo a los simios, de manera que llegó un momento en que ya ninguno sabía el porqué original de la prohibición de coger los plátanos, aún a sabiendas de que constituían un alimento. Ni se lo cuestionaban.”

La gran alegoría del ser humano y la sociedad explícitamente expuesta en un experimento con macacos.

¿Qué es lo que nos pasa?

Vamos a la escuela y nos dicen que las cosas son así. Nos rebelamos contra el mundo en la adolescencia y nuestros padres nos dicen que las cosas son así. Vamos a la universidad o decidimos no ir y aprendemos abriéndonos al mundo que las cosas son así. Llegamos al trabajo y debemos aguantar lo que sea porque las cosas son así. Y seguimos haciendo lo que hacen los demás porque las cosas son así. Aceptamos el sistema general que nos rodea y que gobierna nuestras acciones cotidianas como si no pasara nada porque nos han enseñado que las cosas son así. Incluso cuando planteamos una nueva pregunta o intentamos coger uno solo de los plátanos, obtenemos por toda respuesta que las cosas son así, aprendiendo por tanto que la única actitud que nos mantiene con vida es la resignación.

Me pregunto qué habría pasado si en esa jaula de monos hubieran inyectado un virus cuya única vacuna estuviera en el nutriente de los plátanos. ¿No harían todos una cadena para aguantar con la fuerza de la unión el chorro que les cayera y conseguir así los plátanos y, por tanto, la salvación?

¿No es esto acaso lo que está ocurriendo ahora, hoy, mientras estás leyendo esto?

Mientras nos siguen diciendo desde las altas esferas que las cosas son así, somos los ciudadanos de a pie los que estamos construyendo cadenas de ayuda mutua: empresas que han modificado su maquinaria para construir respiradores; que han puesto todos sus recursos personales y materiales para la fabricación de equipos de protección; diseñadores, vendedores de ropa y particulares que han cogido sus máquinas de coser y se han volcado en tejer mascarillas y batas para el personal sanitario, enfermos y cuidadores; voluntarios jóvenes y adultos que se han puesto al servicio de sus mayores; artistas que amenizan las horas de encierro y que hacen más llevadero el duelo, un duelo que ni siquiera da tiempo a asimilar porque muy probablemente tampoco hubo despedida. Incluso grandes fortunas que han donado y traído materiales de fuera mientras nuestros gobernantes siguen barajando las cartas de la burocracia y retrasando la llegada de material. Gobernantes y políticos que, por cierto, no se han recortado el sueldo, ni han hecho ERTE a los cientos de diputados que están en sus casas sin hacer nada, ni tampoco han salido a hacer voluntariado para ayudar a tanta gente necesitada.

¿Y qué pasa mientras tanto fuera de esta jaula? Las aguas vuelven a aclararse, los delfines vuelven a las costas, algunas especies vuelven a reproducirse, la atmósfera se limpia, los animales campan a sus anchas, la naturaleza vuelve a respirar.

Y si, me pregunto, ¿y si conseguimos alcanzar los plátanos y salir de la jaula? ¿Qué pasaría?

¿Vamos a quedarnos de nuevo con la resignación como forma de vida? ¿O vamos a entender de una vez que los plátanos NO son un ideal inalcanzable al que mirar de lejos sino que son un alimento básico para nuestro desarrollo?

Dejemos de creernos a pies juntillas que las cosas son así porque otros lo dicen y preguntémosles por qué caramba son así. ¿Recuerdan el principio originario? Ajá, que no te sorprenda si ni ellos mismos tienen la respuesta. Entonces, ¿por qué no cuestionarlo TODO y formular un nuevo planteamiento que nos permita a todos alcanzar los plátanos sin matarnos a porrazos?

Lo que estamos viviendo hoy debería suponer un nuevo orden mundial puesto que, de no ser así, no habríamos aprendido absolutamente nada y entonces, permíteme al menos evocar a Mafalda y bajarme con ella del mundo. Si no aprendemos nada, los pobres saldrán más pobres y los ricos seguirán siendo los más ricos. Como siempre, podrán con nosotros unos cuantos chorros.

Y no me refiero a abrazarnos y besarnos con más sinceridad, ni a apreciar más la compañía de otros, ni a valorar más el momento presente, ni a cuidarnos más física y mentalmente, ni a ser más altruistas [porque hemos demostrado que lo somos], ni a visitar más a la familia ni a perseguir nuestros sueños. Todo esto espero que lo hagamos, que seamos conscientes de que no hay mayor regalo que el presente porque en cualquier momento llega una brisa y nos barre. Este cambio personal que algunos tanto necesitaban espero de veras que sea perenne. Sin duda, en esto sí habremos aprendido algo. Pero no hablo de esa índole personal, puesto que de todo ello ya te has ido dando tú cuenta a medida que han ido pasando los días de cuarentena; el nivel personal lo cubre cada uno a su medida.

Sugiero ir más allá y llegar a ese nivel social que nos hace crecer como especie; y a ese otro nivel natural o ecológico que nos hace estar en esta Tierra.

Esta crisis nos ha demostrado que las profesiones normalmente menos valoradas o más castigadas en esta sociedad de jefazos han sido, precisamente, las que nos están salvando el culo: limpiadores para desinfectar, agricultores, ganaderos y pescadores para el sustento; transportistas y repartidores para abastecer los mercados y los hogares, personal de supermercado, trabajadores sociales, maestros y profesores… la lista es inmensa. Y, por supuesto, los sanitarios. Todos ellos dando el callo día a día porque la clase política, mientras tanto, no han sabido estar a la altura. Parte de mí no les culpa [a los políticos], ¡es tan fácil decir “yo habría hecho esto o lo otro”! ¿Quién, en su situación, habría tenido el coraje de decir la verdad desde el principio, de reconocer que no existen medios, de anunciar miles de muertes, de cerrar el país entero desde el minuto en que se supo la progresión en el país vecino? Solo uno entre un millón lo hubiera hecho [porque los hay así, valientes, pero son muy pocos] y mucho me temo que hay más héroes de boquilla que de carne y hueso. Pero otra parte de mí quiere exigirles la responsabilidad que asumieron cuando tomaron sus puestos de presidente de tal o de ministro de cual.

Y al hilo de esto pende Europa. Sí, así me la imagino, pendiendo de un hilo que sujeta una mano verde y azul. Las discrepancias entre los países europeos se hacen cada vez más patentes. La UE se creó para la paz y la prosperidad de los pueblos; si no hay prosperidad, no queda nada para que la paz se rompa. Esto no es nuevo: ya lo hemos visto a lo largo de los últimos años con la partición social provocada por los independentismos nacionales e internacionales (véase el Bréxit). Ya nos costó recuperarnos de la crisis financiera de 2008, apenas veíamos la luz del túnel en el último par de años. ¿Qué va a pasar tras esta crisis sanitaria? Por favor, ¡que no vuelvan a venderte plátanos de plástico! En aquel momento, fue más importante salvar a los bancos y la gente de a pie fuimos castigados con recortes asfixiantes. Recortes que afectaron, principalmente, a esos profesionales que mencionaba antes… ¿ves la cadena? Y ahora, ¿a quiénes van a salvar? Si pretenden volver a sus piscinas climatizadas y sus mansiones con jardines exóticos, no hace falta que yo te conteste la pregunta. Cuando eso pase, ¿qué vas a hacer? ¿Vas a quedarte en tu casa sentado en el sofá y cambiando los canales de la tele porque las cosas son así?

Nos hemos acostumbrado a tenerlo todo chas, así de fácil, a vivir demasiado cómodos, con un sofá donde poder apalancar nuestro trasero, un móvil de última generación que dura 2 años y enseguida desechamos cuando deja de ir tan rápido; uno, dos o tres coches por familia; una pantalla de TV en cada habitación además del salón. No controlamos el gasto energético que hacemos con el simple hecho de “estar en casa”, no entendemos los procesos y mecanismos que han hecho posible que tengas esa pantalla entre tus manos; ni mucho menos conocemos la jerárquica cadena que ha llevado a cabo esos mecanismos, empezando por el pobre explotado que libera una guerra cada día por extraer ESE material en concreto.

Damos por hecho también que tendremos hoy no solo un plato de comida en la mesa sino además una copita de vino, una cerveza, que no falten los picos y las aceitunitas. ¡Ah! Y el postre. Y la merienda. Y el picoteo después. Y la cena.

Estamos tan acostumbrados a que un pantalón cueste 30€ que no nos planteamos cuántas horas de trabajo hemos echado para ganar ese dinero, sino que directamente sacamos el billete de plástico de la cartera, como si nada.

Porque las cosas son así y no hace falta hacerse tantas preguntas, ¿no?

Estamos tan acostumbrados a la comodidad de nuestro sofá que no nos planteamos cuál fue el origen de tal o cual acción que hoy damos por sentado y nosotros mismos decimos que las cosas son así cuando viene otro joven e inexperto a importunar con sus preguntas nuestro aburguesamiento, como si la mera duda rompiera nuestra comodidad. ¿No es acaso eso precisamente lo que ocurre? ¿Que vemos peligrar nuestro confort y por eso seguimos resignándonos? Qué fácil es criticar desde el sofá, con tu cerveza en la mano y el posa vasos debajo no se te vaya a estropear la mesa del IKEA.

¡Despierta!

Ya hay, desde hace años, propuestas de economías verdes, como la economía circular, que han pasado deliberadamente desapercibidas porque a unos pocos ricachones no les conviene, porque produce más dinero destruir el planeta y seguir explotando a las personas. ¿Hace falta que te recuerde que esas pocas fortunas son solo el 1% de la población mundial? Quizás ha llegado el momento de que escuchemos a los expertos en economía ecológica y les demos prioridad a ellos antes que al puñado de burgueses que, sin tener siquiera formación académica, gobiernan nuestros pueblos. Ya que estamos, ¿no deberían ellos también pasar por las pruebas de admisión más duras, por los exámenes más difíciles, estudiando durante años y años para que al final quienes queden sean realmente los más aptos de la sociedad? Ah, pero es que las cosas son así, y los exámenes se dejan para los jueces, los médicos, los docentes y los policías, se me olvidaba.

Entonces, ¿qué propongo? Que pienses bien qué vas a hacer con los plátanos. Que te preguntes por qué son inalcanzables, cómo puedes llegar a ellos, a quién puedes ayudar en el camino y cómo o quién puede ayudarte a ti, qué medios has de poner para ello. Una vez que los tengas, comprueba si son de plástico o si son reales. Huélelos, ábrelos, explóralos, dales un bocado, cómete uno entero, convierte la cáscara en arte o en combustible, espachurra otro contra algún vecino aún adormilado, guarda uno como provisión. Recuerda, es en la responsabilidad individual donde yace la base y el mantenimiento de cualquier sociedad.

Vuelvo a preguntarte: ¿qué vas a hacer con los plátanos?