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Articles Tagged with: amor propio
Un hombre flota en el aire en un estallido de libertad

Versos libres II: Rómpete. // Free verse II: Break off yourself.

Rómpete, rómpete, rómpete y hazte añicos.
Chapotea, rompe el agua, rompe las moléculas, pártete en mil pedazos.
Deja que la sal te escueza y te enrarezca y siéntete esparcirte en mil trocitos de ti por la arena y que se llenen de salitre esas heridas que cosiste a base de sacudidas.
Rómpete y conviértete en espuma.
Siente cómo el vaivén de la marea te sacude y te revienta, como las gotas.
Sé una gota.
Deja que te levante el viento y te separe de la corriente y te sientas nadie.
Siéntete tu yo más miserable.
Y vuelve a la marea.
Deja que ese mismo viento que te arrastra te devuelva.
Sé salitre, sé sal, sé agua.
Rómpete, hazte añicos y pedacitos de oxígeno.
Sé tu yo más pequeño.
Desafía los moldes.
Y cuando te hayas roto del todo, mimetízate con el ambiente y sé aire y asfalto y lluvia y marea y raíces y polvo y ruido…
Y luego, cuando ya de ti no queden más que poros, cuando ya estés tan deshecho que no te reconozcas en ninguno de los miles de reflejos que te devuelven los cristales que estallaron al romperse la barrera de tu sonido más interno…
Luego, luego vuelve.

Rómpete, que es bueno romperse para saber qué rompecabezas es el que resuelves.

*Puedes hacerte con la lámina que acompaña a este relato en este enlace.

Free verse II: Break off yourself.

Break off yourself, break off yourself, break off yourself, and smash yourself to pieces.
Splash around, break down the water, break off the molecules, cut yourself into a thousand scraps.
Let the salt sting and rarefy you, feel yourself spreading in thousands of chunks through the sand, let your wounds be filled with saltpeter, those you sewed with your life’s beats.
Break off yourself and turn into foam.
Feel how the swaying of the sea shakes you up and blows you out, like the drops. 
Be a drop.
Let the wind raise you up and isolate you from the mainstream so you feel you’re nobody.
Feel your weakest self.
And turn back to the sea.
Let that same wind that drags you around turn you back.
Be saltpeter, be salt, be water.
Break off yourself, shatter yourself to pieces and oxygen particles.
Be your smallest self.
Defy the molds.
And, once you’ve broken off yourself entirely, blend yourself into the environment and be air and pavement and rain and tide and dust and noise…
And then, when there is no more left of you than pores… when you are so undone that you don’t find yourself in any one of the thousands of echoes reflecting from the crystals that shattered when your most inner sound barrier burst out…
And then, then, come back.
Break off, so you’ll know which puzzle are you solving.

*You will find the print on this link

Relatos II: Caperucita Roja

De un suburbio pobre de Sevilla, Natalia tiene 16 años y nunca le han contado un cuento. Su padre estaba más preocupado en gastarse el alcohol de la despensa y su madre, en huir de él. Siguiendo su ejemplo, Natalia cumple 2 años de sentencia en un centro para menores infractores.
Nunca en mi vida he visto unos ojos brillar tanto al escuchar Caperucita Roja:

Estábamos sentadas en el sofá de la sala que hace las veces de comedor y lugar de recreo. Las chicas acababan de comer y hacían tiempo esperando irse a sus dormitorios hasta que comenzaran las actividades de la tarde. Normalmente les dejaban ver un rato la televisión, pero ese día una de ellas se había puesto farruquita y todas pagaban el pato, así que ahí estábamos, niñas y monitoras, mirándonos las caras las unas a las otras, los segundos pasaban como eternidades… Rebeca, la menor de todas, me había pedido que la peinara, y yo con gusto acepté a explorar mis habilidades estilísticas. Entonces Natalia, que miraba fijamente cómo pasaban mis dedos a través de la potencial trenza de boxeadora, rompió el silencio dirigiéndose a mí:

– Candela, cuéntame argo.
– ¿Algo como qué?
– No sé, una historia.
– Una historia…. ¿de qué?
– No sé, un cuento, venga cuéntame un cuento.
-¿Un cuento? ¿En serio? – no me podía creer que una niña de 16 años me estuviera pidiendo que le contara un cuento.
– Que sí, en serio, es que estoy aburría. Venga, cuéntame un cuento,
– ¿Conoces el cuento de Caperucita Roja?
– No.
– ¿Cómo? ¿de verdad? – Puro cachondeo que se tiene que estar trayendo conmigo…
– Sí, de verdá, no lo conozco, venga ya, cuéntamelo
– No me puedo cr… – No, sus ojos no mienten, nunca le han contado el cuento de Caperucita Roja– vale, venga, Allá va. Érase una vez una niña pequeña, de unos 7 u 8 años, que vivía con su madre en una casita de un pueblo pequeño por ahí apartado de la mano de Dios, entre las montañas.
Tó lejo’.
– Eso es, mu lejo’ de to’, por allí no había na de na, na más que bosque.
– Y montaña’.
– Y montañas. Bueno pues a esa niña le llamaban Caperucita porque siempre llevaba una caperuza roja. ¿Sabes qué es una caperuza?
– Sí, un de eso con capucha, ¿no?
– Claro, como una capa de abrigo con capucha, eso es.
– Vale vale, ¿y qué le pasó?
– Pues resulta que la niña tenía una abuelita que vivía en otro pueblo, pero la abuela estaba muy mayor y necesitaba ayuda. Entonces la madre un día le preparó una cesta con comida y le dijo a Caperucita que se la llevara a la abuela. Ya ves tú, una niña tan pequeña…
– ¿Ella sola por ahí?
– Pues sí pero, ¿sabes qué pasa? Que como era un pueblo tan pequeño…
To’r mundo se conocía, ¿no?
Aaaaro, entonces no había peligro. El problema era que la abuela vivía muy lejos…
– Vaya tela con la abuela. Pero bueno si estaba malita no la iba a dejá tirá.
– Total, que la madre le pide que le lleve la comida, y allá va Caperucita por el bosque super feliz ella. Claro, una niña pequeña, ¿qué va a hacer? Pues ella por el bosque cantando, lalalala… y parándose a oler las flores y “¡ay mira qué animalito más bonito!”
mona la niña. – se ríe, con una carcajada tan tierna que me estremezco.
– A todo esto que un lobo va pasando por allí y la ve, y piensa: “uy, una niña tan chica por aquí…” Y claro, el lobo pensó: “esta es la mía”. Entonces se acercó a Caperucita. Ah, pero escucha, que es que antes la madre le había dicho a Caperucita que no hablara con nadie, que fuera directa a la casa de la abuela sin hablar con extraños.
Aro aro, normá, si era tó shica.
– Pero claro a ver, es una niña, ¿tú te crees que un niño pequeño se le acerca alguien a hablarle y no le va a hablar? Pues claro que sí.
– Anda – Natalia se lleva las manos a la cabeza – ¡y ahora va y le habla al lobo!
– Exactamente, el lobo se le acerca y le dice: “oye niña, ¿tú qué haces por aquí solita?” Y Caperucita le dijo: “pues voy a llevarle comida a mi abuela”, y el lobo le preguntó: “¿y dónde vive tu abuela?” Y Caperucita le dijo que vivía en el pueblo al otro lado del bosque. Vamos, tan inocente era que le dijo hasta la casa donde vivía. Entonces el lobo, que era mu listo, le dijo que él sabía un atajo para llegar allí y le indicó que fuera por un camino. La niña le creyó y por allá que se fue. Pero era mentira.
– Anda, ¡qué diseh!
– Sí, sí, era mentira, en realidad le indicó un camino que era mucho más largo y él se fue por el atajo. Cuando llegó a la casa de la abuela, se la comió de un trago y se metió en la cama con la idea de hacerse pasar por la abuela.
– ¡Qué diseh! To loco er lobo.
– Pffff ya ves. Total que la niña sin sospechar nada, tan tranquila ella oliendo las flores del campo… En fin, que llega a casa de la abuela y llama al timbre:

-¿Quién eeees….? – “Uuuuy”… – piensa Caperucita – “qué voz más rara tiene mi abuelita… sí que está mala, sí, está cogidísima”.
-Abuelita, soy yo.
-Pasa hija, pasa, estoy en la cama- “Uuufff pero mal que está eh, vaya voz más ronca que tiene”.- Total que entra Caperucita, va a la cocina, deja la cestita que pesaba una jartá con tanto tarro mermelada y va al cuarto. Y cuando se acerca, le ve unos ojos enormes, rojos, hinchados…
– Uy abuelita por dió, qué mala cara tienes, tienes los ojos rojos, te los veo hinchados, qué grandes son…
– Son para verte mejor, cariño…
– Uy abuela por dios pero qué orejas más grandes tienes…
– Son para oírte mejor…
– No te estarás quedando sorda, ¿¡ no, ABUELA!? Oye pero y esa nariz… uy abuelita, sí que tienes que tener mocos, ¡qué nariz tan grande!
– Es para olerte mejor…
– Uy abuela, cómo te huele el aliento con esa boca tan grande…
– ¡Es para comerte mejor!

En esto que me abalanzo sobre Natalia quien, completamente absorta en la historia, se asusta y da un respingo gritando: “¡Ay Candela, por dio, que me asuhtah!” No tengo más remedio que reírme y ella, aún con la mano en el corazón, me pregunta:
– Pero bueno y qué pasa, ¿que se come a la niña?
– Digo, de un bocao. Pero claro, resulta que un cazador que acababa de llegar a casa y que vivía cerca había oído los gritos de la niña y había ido corriendo hacia allí. Fíjate, casualidades de la vida. Y cuando vio al lobo allí le plantó un tiro en la cabeza y le rajó de arriba abajo, y salieron Caperucita y su abuela de la barriga del lobo, ahí to llenas de sangre y tripas… uuggg qué asco más grande.
Ya ve’, ya ve’, y el lobo ahí to reventao, ¿no?
Aaaaro, reventaísimo.
– Ya ve…¡ja! ira el lobo…. ¡a tomá por culo el lobo!
– Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

– ¡Ay! ¿Ya? ¡Noooooo…! Cuéntame otro…
– ¿Otro?
– Venga, porfi…

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