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Colores en acción

Relatos V: 15 minutos en mi mente

¿Quieres saber qué pasa un día cualquiera en mi cabeza? Sólo 15 minutos, prometo que no será más.

Estoy ahora mismo en el primer avión de vuelta a Sevilla, aún me quedan dos vuelos más. Salgo desde Liubliana, donde he tenido reunión de trabajo para cerrar un proyecto europeo.

Tengo en el asiento de al lado a mi compañera de trabajo, el avión aún no ha despegado. Me he puesto los cascos con “cancelador de ruido” (que no lo llega a cancelar del todo porque no son BOSE y si sabes de qué hablo, sabes que esa marca hace honor a su nombre) simplemente por no oír tanto bullicio en el avión. No sirven de mucho porque igualmente estoy escuchando la conversación de la pareja de delante, las risas del de atrás a mi izquierda, las carcajadas de unos adolescentes tres filas más atrás, otros adolescentes hablando 5 filas por delante, un hombre trabaja con su portátil en la fila delantera a mi izquierda y oigo también el sonido de sus manos sobre las teclas, oigo el ruido de fondo del motor del avión, las azafatas yendo y viniendo, el frufrú de sus faldas, las compuertas de las maletas cerrándose. Todas esas conversaciones no son en español, pero las percibo todas, con mucho sonido de “sh”, “s” y “j”; y doy gracias de que no sea en mi idioma y no las entienda.


Veo a mi compañera de reojo con el móvil, tiene cara de cansada y comparto su cansancio. Al otro lado veo un señor enchaquetado jugando a un crucigrama en el móvil, la pantalla es verde, la veo de reojo pero percibo su color. Acabo de mirar, efectivamente es verde. Miro hacia delante y veo el pelo blanco, los ojos azules y los labios rojos de la señora mayor que se sienta en la fila de delante, a la derecha, que habla con otro hombre más joven que se ríe. A la izquierda de este, veo de reojo la camisa roja y blanca de cuadros de ese hombre que trabaja con su portátil, ese que te he dicho del sonido de las teclas.


Estoy escribiendo esto desde el móvil. Levanto la mirada de la pantalla y veo un mar de cabezas por delante, la mayoría hombres, adolescentes, afroamericanos con pelo largo y rizado; algunos nórdicos rubios de ojos azules. Los veo a todos y miro mis manos escribiendo en el móvil, mis piernas, siento los gemelos cargados y la postura de los pies que no siento cómoda. Y al vernos a todos, ¿sabes qué pienso? En esto:

  • En la fragilidad de la vida: porque si este avión se va al carajo nos vamos todos con él en menos de lo que pasa un segundo, sólo espero que sea rápido y no nos enteremos. Ello inmediatamente me hace imaginar la posibilidad de caer en mitad del océano y que alguno sobreviva, nos veo con los flotadores estos naranjas y pienso que se me da bien nadar y preferiría no llevarlo. Imagino el horror que se debe sentir, el miedo, la desesperación. No quiero más, estaba muy tranquila. Borro la visión de mi cabeza.
  • Y así una palabra surge “paradoja”: la paradoja de la vida entre la riqueza inmensa que supone por un lado; y su gran futilidad por el otro: porque al fin y al cabo, todas estas personas están aquí con una historia a sus espaldas, son padres, hijos, hermanos, amantes… todos piensan que hacen sus vidas y toman elecciones por unos motivos concretos; pero si al final todos vamos a morir, ¿dónde quedará todo eso? Nos veo entonces como hormigas, porque al final somos todos animales y aunque hagamos, digamos y justifiquemos nuestras acciones y nuestra existencia, no somos dueños absolutamente de nada, ni siquiera elegimos nuestro nacimiento o nuestra muerte. Y así, nos siento muy lejanos a todos de algo que nos supera y que no creo que nadie de verdad entienda ni conozca. Filósofos, teólogos, poetas… hablan de ello. Los religiosos de cualquier tipo confían en un dios o en varios, o en la propia energía de la vida que se transforma. Se me viene entonces la imagen de personas a las que he querido un mundo y ya no están; y no sé si desear que estén “en el cielo velando por los suyos” (porque a todos nos gusta sentir la seguridad de que “hay alguien ahí” que nos cuida) o que se reencarnen en otra persona para ver si pueden seguir arreglando la humanidad un poquito más, como lo hacían antes. Si es verdad que ya de ellos no queda nada, menudo desperdicio de talento. (¿Y la humanidad tiene acaso arreglo? ¿Estamos acaso rotos? ¿Qué nos pasa que solo unos pocos hablan verdades y nadie quiere escuchar?) Y ahora veo a mi abuela, y toda la familia “esperando”. Siento el dolor de todos conmigo.
  • Y eso me lleva a desear que ojalá exista de verdad esa otra vida para todos, para los que han sido “buenos” porque realmente se merecen una recompensa; y para los que han sido “malos” porque de verdad necesitan una buena lección. Unos lo llaman cielo e infierno, otros reencarnación, otros inexistencia. Llámalo como quieras, yo sólo espero que de verdad haya “algo” que equilibre lo que hacemos y dejamos de hacer.
  • Así que eso ahora me hace pensar en los buenos y en los malos, en quién carajo somos nosotros para juzgar a nadie si nosotros mismos no sabemos siquiera dar respuesta a nuestros propios comportamientos. ¿Por qué buscamos la paja en el ojo ajeno sin quitarnos primero la propia? Nadie realmente conoce el conjunto de porqués que han llevado a una persona a hacer una determinada acción.
  • Me acuerdo de inmediato de todas las personas que se han cruzado por mi vida y que ya no están porque en una determinada ocasión ellos o yo tomamos la decisión de juzgar que en ese momento no era lo adecuado.
  • Y así me reconcilio con mi pasado, con todas esas personas, les perdono por haberme juzgado, y espero que ellos me sepan perdonar. Recuerdo discusiones estúpidas y pienso en lo tontos que somos todos los humanos.
  • Lo que me lleva a pensar en mi futuro, y a decirme “María por favor recuerda esto, es importante, te ayudará “.

Ahora el avión despega. Me encanta sentir esa sensación de que el estómago se echa para atrás con el impulso. Veo las nubes por la ventana, las montañas, el sol me refleja en los ojos y me molesta, levanto la vista de la pantalla. Se me taponan los oídos, muevo la mandíbula, echo las orejas para atrás. Mi compañera se ha quedado dormida. Siempre me ha maravillado esta gente capaz de dormirse en cualquier parte en un minuto.

Hace un día precioso, me fascinan las nubes flotando sobre las montañas, veo las casas diminutas, el río que recorre las tierras. Vuelvo a sentir la sensación de que no somos nada. En parte me tranquiliza, me quita responsabilidad, siento que es “ahora o nunca” para ser yo.

Siento frío, ¿por qué hace tanto frío siempre en los aviones? Lo leí hace poco porque me hice la misma pregunta y la busqué, pero la verdad es que no recuerdo la respuesta. Tengo muy mala memoria para según qué cosas. Y las azafatas en manga corta, ¡madre mía!

De repente me acuerdo de un favor que me ha pedido una amiga. Pienso que no seré capaz de cumplir, pero voy a esforzarme por hacerlo. No sé hacer nada mediocre, o se hace bien o no se hace, otro pensamiento es simplemente impensable. Y eso me lleva a recordarme que debo exigirme menos y decir más “no”.

Todo esto y el avión solo acaba de despegar. No te he descrito mi mañana desde que me he despertado, ni el paseo por la ciudad antes de ir al aeropuerto, ni la llegada a este, ni la comida basura en el embarque abarrotado. Ni voy a contarte tampoco el resto del día que me queda. Esto es tan solo lo que pasa por mi mente en ¿15 minutos? desde que me he sentado en el avión y este ha despegado. Imagina la cantidad de preguntas que me hago durante el día.

Muchas veces a lo largo de mi vida me han dicho cosas como:

“Eres muy complicada”

“Piensas demasiado”

“Relájate”

… No entienden que a mí esas preguntas no me causan estrés, sino que, por el contrario, me relaja divagar sobre ellas e incluso mejor si puedo reflejarlas de alguna manera (compartirlas en una conversación, crear debate, ilustrarlas en un dibujo, volcarlas en un escrito…)

Y así te dejo. Si has llegado hasta aquí, dime, ¿cuánto has tardado en leer la entrada? ¿15 minutos? Voy a ponerme música, a ver si así veo melodías en mis divagaciones.

Por cierto, ¿de qué color es el miércoles ?
Para mí, blanco.

El lunes es naranja.
El martes, verde.
El miércoles, blanco.
El jueves, azul.
El viernes, morado.
El sábado, azul y blanco.
El domingo, negro.
No me preguntes por qué.

¿Y a qué suena el amarillo?
A canario, a campanas y a flauta.

¿Qué forma tiene la inteligencia?
La de una caracola, por el número áureo.

¿A qué sabe la libertad?
A agua de mar salpicándome en la cara.

Por favor, siéntete libre de dejar tus comentarios 🙂

P.D: la imagen tiene y no tiene que ver con el relato, te explico: no tiene que ver en cuanto al contenido; pero sí tiene que ver porque es la ilustración que diseñé el resto del viaje. ¿Qué interpretas tú de ella? Si te interesa, puedes encontrarla en lámina haciendo clic aquí

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Reflexiones VII: ¿Tan confundidos están los jóvenes?

La confusión en los temas del amor y el compromiso está siempre presente entre los jóvenes, ¿no crees? ¿Pero tan confundidos están los jóvenes de hoy?

Vivimos en una sociedad que vive confusa per se por la idealización del amor romántico y por basar la vivencia en el sentimiento momentáneo. Muchos dicen que se ha cambiado el compromiso por el momento, la estabilidad por el placer … algunos ilusos aún piensan que es posible mantener la llama en una relación y luego se estampan contra un muro cuando se ven inmersos en un compromiso que ha terminado por convertirse en mera rutina, desviándose del ideal originario que tenían sobre el amor. Entonces, piensan: ¿merece la pena seguir gastando energía cuando ya no se siente la misma pasión? ¿O quizás solo cuestión de paciencia y de poner de nuestra parte para que esa chispa vuelva a surgir? Al fin y al cabo, la chispa siempre muere si no hay un hilo empapado de gasolina que la dirija hacia una explosión. Pero después de la explosión, ¿qué?

¿Es real el amor de esas parejas que permanecen aunque estén cansados el uno del otro? ¿O es eso solamente “compromiso rutinario”? El compromiso y la culpabilidad son armas muy poderosas de control sobre nuestra mente y nuestras acciones: en numerosas ocasiones dejamos de actuar porque nos cohíbe la culpa de algo que creemos que estaría mal si hiciéramos aunque sería lo que nos liberaría del yugo emocional que cargamos y al que nos sometemos. 

Es muy fácil hablar del amor “moderno” y juvenil sin ataduras, sin compromiso, que recoge dentro de un saco a un número importante de generaciones como si fueran individuos egoístas demasiado centrados en sí mismos y su propio placer.

Hay quien piensa que hoy el amor se basa en el “yo” en vez del “nosotros”, que se fundamenta sobre la atracción sexual y que se valora más el sentimiento circunstancial que la esencia y la entrega personal. Quizás sea algo más complicado que eso. Ese saco de individuos bien estaría dispuesto a comprometerse si encontraran a la persona adecuada con quien hacerlo. Todos sabemos que la química termina desapareciendo y que el amor de verdad es lo que prevalece cuando esa atracción inicial se diluye; y no vamos a engañar a nadie, todos preferimos un “nosotros” compuesto de “yoes” seguros antes que un “yo” vacío y en soledad. Pero resulta que los jóvenes de hoy día saben que “el amor de verdad” es duro de mantener y que si ese “nosotros” resulta irreal y tóxico, prefieren un “yo” pleno y solo (que no en soledad).

Nuestros abuelos se conocieron, se gustaron, quizás se enamoraron intensamente y al año se casaron y, como fruto de ese matrimonio, empezaron a tener hijos.  Es raro encontrar en España abuelos divorciados, pero es cada vez más común entre las generaciones descendientes. ¿Por qué? Hay una frase que siempre me ha calado: “antes, cuando las cosas se rompían, las reparábamos; ahora, las tiramos y compramos otra nueva”. Quizás sea cierto que no deberíamos apresurarnos a comprar la alternativa a la primera de cambio y que deberíamos intentar repararlo bien antes de desecharlo. Pero resulta que si uno se encuentra desgastado después de llevar un tiempo intentando repararlo, uno se pregunta si de verdad merece la pena.

Nuestro abuelos tenían una concubina que los acompañaba siempre en sus citas. Se veían una vez al mes, con suerte una vez a la semana, como mucho se cogían de la mano e intercambiaban besos a escondidas cuando los atentos ojos de la concubina se distraían. Ellos, como los jóvenes de hoy, también estarían deseando escapar y esconderse para dar rienda suelta a sus pasiones, pero la única manera que tenían de hacerlo era casarse. Tampoco tenían muchas parejas, ni probaban ni buscaban, porque era lo normal. En seguida empezaban a tener hijos y formaban pronto sus familias. También sufrían crisis, claro que sí, ser padres no es fácil; y probablemente muchos de ellos fueran descubriendo facetas de la mujer o del hombre con el que se casó que no le gustaban demasiado. Pero ah, ya tenían hijos juntos y no estaba bien visto divorciarse. Debían superarlo o sería la ruina de la familia: el hombre perdería su honor y la mujer se vería desamparada ante la sociedad.

Nuestros padres no tenían concubina; pero tampoco lo tuvieron fácil para tener momentos íntimos. Su noviazgo tampoco fue largo y probablemente pensaran que el matrimonio era la única manera apropiada de vivir juntos y darle rienda suelta a su amor sin que la generación de sus padres los tachara de libertinos. Y así, enamorados perdidamente, se casaban y tenían hijos; sin tener muchas más novias o novios. Luego, las crisis, de nuevo, porque si hay algo común a todas las relaciones son las crisis. Pero entonces hay un cambio social: de repente, se empieza a aceptar el divorcio, se empieza a ver que puede haber otras salidas, que uno no tiene por qué aguantar en una situación que le carcome, que uno puede estar felizmente separado, aunque lluevan críticas y juicios.

Y ahora que muchas generaciones jóvenes hacen exactamente lo mismo, que se enamoran perdidamente y se lanzan a una relación igualmente pero sin papeles de por medio, se les tacha de cómodos, egoístas, derrochadores… Se les atribuye la idea de equiparar el amor con el consumismo capitalista y se les encuadra en un marco de individualismo anárquico.

¿Cuál es la diferencia entre nuestros abuelos, nuestros padres y los jóvenes de hoy?

Hoy en día el número de parejas que se tienen equivale muchas veces al número de amantes que se tenían antes; todos conocemos historias de Fulanito de Cual y de Pepa Pascual. Ahora uno puede encontrar el amor con 37 y casarse con 40 y tener hijos con 42 y no es ningún drama. Ahora uno puede encontrar el amor en una aplicación o en un chat y no es ninguna tontería. Ahora se tienen los hijos a una edad más tardía, no solo porque sea difícil económicamente (que siempre lo ha sido), sino también porque se espera más tiempo antes de dar el salto porque nadie quiere darlo con una persona que no le hace bien. Y es por eso que se está un año con una persona y si a uno no le convence, se busca a otra. Y es por eso que se está seis años con alguien y, si algo no cuadra, se busca a otro. Y es por eso que las parejas que llevan diez años juntas, rompen.

No es que los jóvenes de hoy teman el compromiso, quizá sea que entienden que no es necesario un papel para comprometerse porque los papeles se rompen y la lluvia los moja. Quizás han entendido que no hace falta esconderse para demostrar su amor y que la estabilidad de una pareja depende en gran medida de la estabilidad personal de cada uno, por lo que no solo habrá que centrarse en la pareja y trabajar juntos para que funcione, sino que deberán cuidar primero de sí mismos para poder estar plenamente. Hoy no se necesita un papel que autorice la convivencia y, de hecho, muchos prefieren convivir antes de dar el salto a formar una familia porque la convivencia brinda momentos únicos que permiten conocer a la otra persona en profundidad.  Quizás también los jóvenes de hoy hayan por fin entendido que no se necesita estar ligado a alguien que les hace infelices porque Fulano de enfrente les vaya a mirar mal si se rompe la relación.

Cuando se tiene hijos es más complicado, porque los padres deben velar por el adecuado desarrollo personal de los niños y está claro que el óptimo desarrollo se lleva a cabo dentro de una familia donde hay amor.

Pero ahí te quería yo ver.

¿Qué ocurre cuando son los niños quienes pagan el pato de las (¿erróneas?) decisiones de sus padres? “Una familia donde hay amor” no es lo mismo que “un matrimonio que sigue junto”, porque puede estar junto únicamente de cara al público pero de puertas para adentro estar hecho trizas, lo que conlleva todo un bucle de inseguridad y falta de expresividad emocional, no solo en la pareja adulta sino también en los niños; lo que les llevará a no desarrollarse plenamente. Estar juntos no significa necesariamente estar unidos. Qué dilema. ¿Y si resulta que los padres han llegado a un punto en que para ser personas plenas necesitan separarse y tomar caminos diferentes? Si con ello consiguen ser, efectivamente, personas plenas, ¿no será acaso positivo para los hijos? 

Muchas veces creemos que los niños necesitan ver a sus padres juntos. Sin embargo, lo que los niños necesitan es ver a sus padres felices, juntos o no.

En la medida en que un padre o una madre se muestra feliz ante sus hijos, este inconscientemente está recibiendo un mensaje de seguridad, de que es posible seguir adelante y disfrutar de la vida aunque todo parezca caótico e incomprensible. Con nuestra actuación diaria, los adultos transmitimos constantemente a los niños una manera de enfrentarse a la vida, aunque no nos demos cuenta. Constantemente, los niños reciben seguridad e inseguridad de nuestra parte según vean en nosotros actitudes de confianza o de drama, respectivamente. Si un niño vive constantemente un drama en casa con unos padres que siguen juntos pero no unidos, ese niño crecerá con traumas; mientras que si un niño vive constantemente la confianza con unos padres que viven separados pero que se preocupan por el otro y que establecen relaciones positivas, ese niño crecerá seguro y entenderá que la vida a veces no es lo que otros sueñan.

¿Qué es lo ideal? ¿Que los hijos crezcan con una pareja adulta que se ama, se respeta y le transmite ese amor y respeto a sus hijos? Por supuesto. Pero la vida no es ideal, resulta que es bastante realista; y lo ideal entonces supone enseñar a los hijos la realidad de la vida. ¿No?

Los jóvenes de ahora no son tan diferentes a nuestros abuelos cuando eran jóvenes, ni a nuestros padres. Los jóvenes de ahora no es que tengan miedo al compromiso, es que quizás hayan visto en generaciones ascendentes que antes de precipitarse es mejor conocerse.

Los jóvenes que vendrán tampoco serán muy distintos. La sociedad cambia, la cultura evoluciona, las tradiciones se modifican, las leyes se reescriben… Si el único constante en la vida es el cambio, ¿por qué no aceptar que el cambio existe también en la percepción de la relación amorosa? Quizás sería bueno aceptar la confusión como parte del proceso, necesaria para el resurgir de un yo pleno y, por ende, de un nosotros más seguro.

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